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viernes, 21 de mayo de 2010

Para la muestra de junio


El Pibe
El pibe ansía volver hacía el mundo que, lejano, vive tras la hilera de maderas suburbanas apretadas por sus manos. No se anima y de ahí su tristeza. Ambiciona dejar el barrio de techos coloridos y tierra polvorienta pero está fondeado. Sus sueños extienden la mirada más allá y junto a la pelirroja que bebe en la vereda del bar recuerda la hostilidad que viene en su búsqueda. Tres cobanis por esquina esperan que haga alguna, cualquiera vendrá bien para verduguearlo, para que se junte gente y sienta, hondo, lo que es la humillación. Por eso no regresa, por eso no arranca. Carajo, si él solo estaba mirando, ¿por qué armaron ese circo de empujarlo al piso, esposarlo, si hasta documentos tenía? “¿Ocupación?”, le habían preguntado. No le salían las palabras, el miedo siempre lo dejaba mudo y temblando. Ahí le dieron el primer cachetazo, delante de todos, hasta la pelirroja estaba. Fue una de las que saltó: ¡Eh, por qué le pegan! “Habrá robado algo”, escuchó que decían. Mierda, solo había caminado mirando un poco. Después saltó un flaco con credencial de boga. Entonces los policías amainaron, les dijo que era menor que bla y bla, y como no le encontraron ni un mísero faso, que ahora ni siquiera estaba prohibido, entonces lo dejaron ir. Los curiosos pasaban mirándolo, el boga le dijo que vaya tranquilo. Entonces fue cuando ella le puso la mano sobre el hombro y le preguntó: “¿Estás bien?” Nuevamente se quedó mudo pero esta vez se aturdió con vergüenza. La miró a los ojos claros, con ese pelo rojo, esa sonrisa y un perfume que le llego al alma y al slip. “¿Estás bien?”, insistió ella. “Si, si” dijo a media voz y se fue sin volverla a mirar, más bien quería que lo trague la tierra. Y algo así sucedió: bajó velozmente al subte en Callao, siguió hasta Almagro y tomo el bondi hasta el barrio. Y ahora se pasa el tiempo aferrado a los rústicos maderos donde recuerda los ojos claros y evoca aquel aroma con nitidez. Pero ahí está, casi sin moverse. Una mezcla extraña de sentimientos lo mantiene anclado bajo los techos de colores y el polvo con que, generosa, lo envuelve la tierra.
Oscar Castelnovo