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martes, 7 de febrero de 2012

De la serie "Un tarambana casadero"



La mujer de mis sueños.

Entre mi resignación y mi deseo ferviente de casarme no hay un punto de inflexión y otro de aproximación ¡No! Es más bien una vocación al error sin solución de continuidad por encontrar esa mujer ¡¡ La mujer de mis sueños!!
Lilita fue el último caso. Abrazó a ese grandote tipo patovica y otra vez quede colgado; pero esta vez con los pinceles en la mano.
Para poder olvidar y no desanimarme ni perder el placer de disfrutar y gozar del hermoso máximo esplendor con que el sol iluminaba la plaza, me senté frente a mi caballete y comencé a pintar.
No encontré otro motivo que el placido colorido que me ofrecía el paisaje de mi alrededor. Al cabo de un rato termine el cuadro.
Había logrado plasmar la melodía de colores que tenían los árboles y las flores. Supe captar, también, una joven pareja que en actitud de entrega se regalaba enternecedoras caricias y besos efusivos.
Mientras yo observaba con deleite mi obra, una hermosa mujer de notables y llamativos encantos se paró casi a mí lado e hizo lo mismo. Luego de exclamar y expresarme su admiración, me felicitó y elogió mi pintura con acentuada simpatía, lo que no solo agradecí como correspondía, sino que, además, la invite a tomar un café en el bar ubicado frente la plaza.
Allí hablamos de todo, nos dimos a conocer sin tapujos. No era para menos, me contó que de joven vivió en el barrio y tuvo un novio pintor y con el que aprendió mucho. Ahora vive sola por que hace tiempo se divorció y aun no pierde la esperanza de encontrar a un hombre con quien comenzar una historia nueva,
Yo le conté mis pesares y mis anhelos. Ante tantas coincidencias y mutuas simpatías aceptó mi invitación de venir a cenar a casa.
Con entusiasmo y dedicación preparé la pieza con toques románticos. Le robé unas flores a una vecina, le pedí fiado unas velas al quiosquero y Mama me prestó un pollo que hice al horno con papas.
Cuando ella llegó a las nueve en punto, yo tenía todo previsto para agasajarla como una princesa. No era para menos. Esa noche yo debía dejar de ser perdedor. Ella se vino tan elegante que más que princesa parecía una reina.
Al entrar exclamó:”¡Aquí vivía mi primer novio!” Yo quede atónito y confuso. Solo atine a decir:” ¡Yo vivo aquí desde que nací!”. “¡Entonces vos sos Pepe! ¡Yo soy la Yoly!!” Y se me abalanzó abriendo sus brazos muy emocionada,
El abrazo fue muy cálido y efusivo, y el beso fue mucho más, tanto que sin querer le despegué la prótesis dental. Después que se lo acomodó, quise besarla nuevamente, me pidió que lo hiciera despacio, porque además, tenia un implante de colágeno en los labios.
De todos modo yo estaba muy enternecido por el reencuentro, entonces, tomé su cara entre mis manos y dándole unas caricias con dulzura, se le salió una de las pestañas postizas.

Mientras yo mismo se la volví a pegar, me pidió dulcemente que le acariciara con suavidad las mejillas para no aplastarle el botox. Pero yo estaba con la libido muy elevada, a tal punto, que no podía dejar de celebrar el encuentro. Retomé la pasión y comencé a acariciarle las lolas, y otra vez el reclamo pidiéndome delicadesa, porque tenía un implante de siliconas reciente. Aun así no pude contener un arrebato de lujuria y la abrasé fuertemente y mis manos recorrieron su curvas con frenesí irrefrenable…tal vez por eso se me quedo la prótesis de las nalgas entre las manos.
Una densa humareda había poblado la pieza…
el pollo se había quemado.
Resignado nuevamente recordaba ese verso de Disépalo:
“Fiera venganza la del tiempo que me hace ver de cerca lo que uno amo!”


José Curia

domingo, 5 de febrero de 2012

A mi Amiga Graciela.



No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas

Oliverio Girondo


Anoche cuando te fuiste
Encontré
Este poema
Al borde de tu silla.
Y aunque no tenia tu nombre
Era sin embargo, un dibujo de tu sonrisa
haciendo sombras a mis sombras.
Aborte ilusiones antes de concebirlas.
Busque palabras y sonidos
O algo que me dijera
Que no había lugar para celos,
Pero nada halle y me quede sin saberlo.


José Curia